hope for churches in stress

Intangibles

La mayoría de las iglesias de los Estados Unidos son pequeñas. Y sin embargo, las iglesias grandes son las que atraen más personas y más ingresos. Siendo ese el caso, ¿cuáles son los recursos que tiene que usar el pastor de una iglesia pequeña?

Por supuesto, es una ventaja disponer de recursos humanos y materiales. Pero para sorpresa nuestra, hay otro conjunto de ventajas que vienen acompañadas por unos recursos «intangibles».

El pastor puede edificar sobre un sentido de llamado; de la seguridad de haber sido escogido por Dios para un papel y un lugar determinados. Cuando se sienta afligido por las comparaciones o los resultados, ese pastor puede perseverar a partir de la razón de ser de este llamado hecho por Dios (2 Timoteo 1:6–7; Juan 15:16).

En medio de los retos, lo esencial es el carácter. Aceptar las adversidades, orar en medio de los reveses, perseverar a pesar de los contratiempos… Todo esto exige el recurso intangible del carácter (Hechos 11:24).

Para ir contra las modas y las tendencias, es útil tener una perspectiva «contraria». El pastor puede echar a un lado la sabiduría convencional, reconocer las dificultades «deseables», discernir en oración la «cosa nueva» que Dios está haciendo y encaminarse osadamente en unas direcciones que nadie ha intentado antes (Isaías 43:19).

El pastor puede ser creativo. Dios realiza cosas extraordinarias con lo que los seres humanos tenemos en nuestras manos, ya se trate de una vara, unas piedras o una bolsa con el almuerzo (Éxodo 4:2; 1 Samuel 17:40; Juan 6:9). La iniciativa humana, cubierta con el poder divino, es el «material» del que están hechos los milagros.

Ninguno de estos recursos es tangible, pero están a la disposición de todos los seguidores de Cristo. Aun así, los pastores de las iglesias pequeñas tienen la ventaja de la necesidad y, en ocasiones, de la desesperación. Así que haga un inventario de esos recursos intangibles que tiene a su alcance, y siga adelante en fe (Santiago 2:5).

«Dificultades deseables» es una frase tomada del libro David and Goliath (en español, «David y Goliat»), por Malcolm Gladwell, pp. 165–193.

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